Prístina
Últimamente el rosado cielo cae sobre mí cual ágata rijosa. Añoro tanto recostarme en ese castillo lapídeo, en ese unicornio alado.
Despiértame, el ácido manjar se derrite dulcemente. En mis labios, en la aciaga caverna de abriles veraniegos.
Romántico, venturoso. Irrisoria visión de los pantanos del alma, no es posible cambiar algunos sueños. ¡No es posible soñar despierto!
¿Cuál es más flaca: la lombríz de tierra o la cucaracha flaca?
Y el pináculo herido, robusto, henchido de todo aquello que no se nos permitió besar.
Boyante porvenir, alegoría sufrida. Me rehúso a charlar del presente. ¡Mamita, mamita, soy el viento gélido!
Y la linfa se erige magestuosa y vibrante. Somos fuego, somos fuego.
Permanezco inerme, sorprendida, extenuada. Tus montañas me abruman, tu pelo me consume...
Karina Luz Bocanegra Salcedo.

