«...Of wanting to break the sky
and not be able to even fly.»
Porque demasiados hombres existían ya. Los habían raros -palabra mágica-, extranjeros, refinados.
‘Debo encontrarla', dijo Kendra.
Calzó las sandalias de madera negra, el vestido largo, los ojos relucientes. Divisó una mariposa.
Intercambiemos alas.
Estaba impecablemente aseada. El moño rojizo lo tenía en alto, y esas cejas prominentes con raíces musulmanas.
¿Cuál es la mejor manera de suicidarse?
Emprende la marcha. El viento ondea las hebras sueltas del cabello color fuego. Hay hombres que la miran.
De pronto se siente desnuda. Recuerda el día en que soñó con ella.
‘Muchos tigres oliendo a estiércol, el león hambriento pero taciturno. Hermosos ejemplares, hermosos. Caminaba, siempre es así. Y allí estaba ella, la enorme pantera negra que le sonreía con dientes amarillentos.'
Algo la distrajo. Oh, es Annie. Hace un ademán de saludarla. La dulce Annie, siempre tan limpia, tan sonriente. Le pregunta por Joao.
--Está bien, en casa con los chicos --responde Kendra.
Annie es enfermera. No está casada, tiene una hija, Joannie. A veces visita a Kendra para pedirle favores -que cuide a Joannie, que le preste el vestido perla con brillitos, alguna película que se puso de moda.
No le gusta la gente, tampoco Annie.
‘Me ha interrumpido. Que sea devorada.'
Se despide enfadada. No hay sonrisa de complacencia hoy.
‘Y el majestuoso animal se agazapó, quería atacarla. Ella sólo se posó en la hierba. El miedo, ausente, quiso acariciarla.'
Su hombro es tocado de pronto. Es Jaap. Se interesa por su estado.
--Estás hermosa hoy, muy bella --dice Jaap.
Pero no es intento de seducción, es cortesía.
Solía ser su pretendiente. Lo conoció en la parroquia. Le escribió una carta donde le declaraba su amor eterno e incondicional. Kendra lo rechazó cortésmente y luego conoció a Joao.
Todos se acostumbraron a darme elogios.
Conversaron cerca de tres minutos. Preguntó por Joao.
--Está bien, en casa con los chicos --responde Kendra.
Sonríen idiotizados y lanzan el adiós.
‘Permanecieron largos minutos observándose. El viento invisible los colmaba de vida. De pronto el animal caminó hacia ella, dotado de mansedumbre abrió su boca inmensa.'
Se ve obligada a interrumpir su evocación por tercera vez. Es que tiene que ver esos ojos clavados en ella. Es el extraño hombre de la heladería que siempre se queda mirándola. Kendra nunca le preguntó la razón, pero hoy se encuentra especialmente hastiada de no saber. Se acerca decidida.
--¿Lo conozco acaso? --pregunta con firmeza.
Él no sabe cuánto más aguantará, así que levanta sus bronceados brazos y la rodea por la espalda. Ella se sorprende, se siente invadida. Pero no tiene miedo, no puede forzarla en medio de toda esa gente.
--Suélteme --musitó.
La boca de él se acercó a su rostro.
‘Y con lujuria reprimida le lanza un lengüetazo en el pecho desnudo. Sus senos tiemblan de placer. A lo lejos se oye un bufido. Es hora de partir, las bestias han despertado.'
Abre la boca y libera una lengua rosada; lame su rostro pausadamente. Se queda observándola, fijamente. Ella arquea las cejas confundida.
--¿Quién es usted, dígame?
‘Entonces se va, orgásmica, a buscar al hombre de la lengua de pantera que podrá darle placer hasta morir.'
Él no dice una palabra. Baja sus brazos, frunce el seño poblado de vellos, se regocija un instante. No puede entender lo que hizo.
Kendra huye, huye lejos. Los hombres son demasiados, es propicio olvidarlos.
‘Debo encontrar a esa maldita pantera...'
